miércoles, 25 de julio de 2012

Emily

17:35 pm.
Emily salió de su casa, después de haber estado encerrada durante más de tres semanas. Desde el primer día de su soledad y el último de sus caricias.
Su casa estaba toda desordenada. Todo por el suelo. Decía que no tenía las suficientes ganas ni fuerzas para ordenar aquel inmenso desastre. Decía que su casa reflejaba lo que ella sentía por dentro y que por esa razón estaba así.
Sin él perdía el norte, se le escapaban los ejes. Se le escapaba todo aquello que no fuera extrañarle.

Al abrir la puerta se dio cuenta de que las flores de su jardín estaban preciosas, mas que en la vida. Le entraron ganas de llorar y empezó a correr y correr hacia la playa. Al llegar, no se detuvo y entró como si fuera un niño de 7 años jugando con su padre a ver quién llega mas lejos sin caerse. Pero ella no era un niño, ella estaba sola y no buscaba divertirse ni ganar a nadie. Solo quería perderse en el mar, dejarse llevar por las olas. Sentirse acompañada por alguien, aunque solo fuese involuntariamente. Aunque fuese simplemente por la marea.
Lloró. Lloró hasta que no le quedó ni una gota dentro. Mientras el mar la movía a su antojo. Mientras el mar la consolaba.
Lloraba. Pero fue el momento mas feliz de esas eternas tres semanas.

viernes, 20 de julio de 2012

Irene.

En la plaza hay un extraño silencio, no pasa nadie, ni un autobús, ni un coche, ni una persona.Al alzar la mirada, ve en el cielo la luna escondida tras unas nubes ligeras, que parecen querer ocultarle algo, a pesar de que la noche es magnifica. Por unos instantes se pregunta ¿Adónde vas? No vayas, vuelve a casa, ésta no es la solución. Casi se responde a sí misma. Lo sé, pero tengo ganas. ¿Ganas de qué? De todo. De libertad. Y casi se siente atemorizada de esos pensamientos. De lo que no puedo hacer en estos momentos. Después le mira a él, que le está pasando el casco, y se tranquiliza. No es la solución pero pero no pasa nada porque salga con él.
-¿Adónde quieres ir?
-A donde sea. Me quiero perder...
Él se queda desconcertado. Luego sus miradas se cruzan y basta un instante. En esos ojos ve a la mujer, a la niña anhelante de libertad, a la rebelde, a la frágil, a la fuerte y a la aventurera. Pasión y vida en una mirada sostenida, que casi lo asusta. Después la Irene de siempre  esboza una dulce sonrisa.
-¿Vamos?- le pregunta.
Y en un segundo se pierden en el viento, como ella quería.